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Mucha suerte

Salto de la cama. Hay mucho que hacer antes de incorporarme mañana a la esclavitud. Hoy todavía soy libre. Me emociona el trato de la funcionaria de la oficina de empleo porque se alegra por mí y me desea mucha, mucha suerte, en mi nuevo trabajo. Caminando por el barrio hago números para calcular cómo sobrevivir hasta que cobre mi primer sueldo pero me invade un enorme deseo consumista y sueño: Me compraré ese vestido de punto que me gustó, medias nuevas, zapatos altos…Vuelvo a la realidad en el mercado, cuya puerta está custodiada por un joven extranjero vendiendo el periódico La Calle. -No tengo dinero, le digo. -¿Hablas inglés? Me pregunta en ese idioma. -A little; respondo. Y se pone a hablar como si no lo hubiera hecho en años. De su extenso discurso alcanzo a entender sólo algunos detalles, como que lleva poco tiempo en Madrid, que viene de Nigeria, que lo pasa mal porque no tiene ni idea de español, no conoce chicas, está solo, no consigue euros… A mí, en cierto modo, me pasa algo parecido -pienso- también estoy sola y sin blanca. Pero no sé decirlo en inglés y me despido deseándole mucha, mucha suerte. Me quedo con las ganas de invitarle a comer pero no lo hago porque tiene más necesidad de charlar que hambre, y conversación es algo que no le puedo ofrecer.

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