Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis

Invisible

Aproveché que el hombre invisible estaba de siesta en el sofá para cogerle prestada su capa. Cubierta con la prenda etérea y difusa, me planté delante del espejo para comprobar que el cristal reflejaba el desorden de mi casa como si yo no estuviera allí. Confiada por poder espiar sin ser vista, salí a la calle con la sonrisa maliciosa puesta. Estaba decidida a buscarte, seguirte y hacerte alguna putada. Sería sólo un castigo burlón de los muchos que te mereces, de los tantos que debería infringirte si decido satisfacer las ansias de venganza que a ratos me asaltan. Camino de tu barrio crucé el parque y no pude contener las ganas de empezar a hacer jugarretas. Robé entonces un chupa chups y unos peta zetas en el kiosco, porque son las dos chuches que más me gustan del mundo, y susurré guapo en el oído del dependiente, que se paralizó asustado girando la cabeza a ambos lados pero con cara contenta. Me acerqué después a un niño que tenía un globo, se lo quité y me puse a jugar con él emulando la historia del fantástico cortometraje Le ballon rouge. Me enterneció su exprsión desolada cuando dejé escapar el globo camino del cielo, pero en seguida se dio cuenta de que tenía un chupa chups en la mano y olvidó la pérdida. Los niños están bien para un rato, así que salí del parque retomando mi objetivo: Putearte. Un semáforo rojo me detuvo, porque aunque llevaba la capa del hombre invisible no era inmune a los atropellos de los coches. El disco tardaba en cambiar y se me ocurrió entretenerme con dos gitanas rumanas que también esperaban para cruzar. Eran las típicas ladronzuelas, niñas mugrientas que roban con todo el descaro y sin miedo a las consecuencias. Me puse detrás de ellas y grité: ¡Policía! Y salieron corriendo despavoridas. Con el semáforo verde seguí mi camino flipada con el poder que daba la invisibilidad, qué cosa tan rara, no sabía como el hombre invisible podía lamentarse tanto de su condición. En fin, supongo que nada es perfecto, pero yo estaba disfrutando haciendo maldades como una niña chica. Con mi siguiente víctima me despaché a gusto, aunque me supo a poco. Se trata de un vecino maltratador que vi esperando el autobús. Verle y lanzarme sobre él fueron, por la rapidez, casi una misma cosa. Primero le agarré el brazo desde la espalda para que no se pudiera mover. El tío estaba horrorizado porque no sabía lo que pasaba y no veía nada ni nadie que le aclarase qué ocurría por mucho que girase la cabeza hacia atrás, justo donde yo estaba diciéndole con tono amenazador: Como vuelvas a pegar a una mujer, atente a las consecuencias. Después, le solté violentamente y le miré de frente; estaba pálido, sudaba y seguía intentando encontrar una respuesta tras sus hombros. Pero le pegué tal patada en los huevos que se los agarró y se sentó en la marquesina del bus con un gemido casi mudo, mirando a su alrededor preocupado por si alguien estaba viendo su patética situación. Antes de marcharme, le chisté para que mirase hacia mi y abrí la capa invisible, en plan exhibicionista, porque debajo estaba completamente desnuda. Le dejé con los ojos como platos y la cara desencajada y me metí en un bar. La experiencia me había dado sed y me había dejado una sensación un tanto amarga. Tomé por el morro una cerveza y un pincho de tortilla que me ayudaron a recobrar el ánimo (La solución a todos los males siempre me la ha dado mi madre: come, hija, come...). Era un bareto de barrio pero con ambiente acogedor, y en una mesa que había junto a la ventana, un chico monísimo estaba leyendo el periódico. No me lo pensé dos veces y me senté a su lado. De cerca era aún más guapo y además, estaba en forma. Estuve un rato mirándole embobada y empecé, inconscientemente, a comerme los peta zetas. Cuando vi que el ruido del caramelo explotando en mi boca le asustaba pensé que la había cagado, que tontería, porque no me veía. Así que cerré la boca y tragué lo más rápido que pude. Me fui dejándole en el bolsillo una servilleta de papel con mi teléfono en la que escribí también: Si fuera tú, me llamaría. Era hora de regresar a casa, quizá el hombre invisible se había despertado y se sentiría indefenso sin su capa. Aceleré el paso para volver y recordé que mi idea primera al ponérmela había sido putearte. Qué pereza,qué pérdida de tiempo -pensé- con la de cosas interesantes que se pueden hacer.

Tags:
MeneameMeneame | del.icio.us

No hay Comentarios »

Dejar un Comentario


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>