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Proyectando

Entro en la habitación y estrecho la mano del potencial empleador, el jefe. Me acompaña el subalterno con quién ya me cité hace unos días y me propuso plantear un proyecto empresarial. Está sobre la mesa, en tres folios, colocados entre el jefe, el único que habla, y yo. El monólogo me despista continuamente, habla de todo un poco, introduce frases con lugares comunes del lenguaje del emprendedor. Me recuerda lo que hizo Deloitte con sus empleados tras el incendio del Windsor, reunirles y proyectarles un video con la secuencia de Braveheart en la que Mel Gibson con la cara azul termina diciendo: “Nos quitarán la vida, pero no la libertad”. Me aburro y observo con disimulo la estancia. Títulos enmarcados decoran las paredes pero la miopía me impide ver de qué ámbito profesional tratan. Sobre una mesa se amontonan fotos familiares. Ante mi tengo un viejo en el sentido amplio de la palabra, y en su mesa hay un monitor “Triniton” de unas 15 pulgadas. Creía que nadie trabajaba ya con pantallas así. Estoy incómoda, no sé si intervenir, tampoco se me ocurre qué decir, y anhelo el momento de salir de allí. El subalterno le invita a leer mi proyecto, que sigue ignorado sobre el escritorio. El jefe le echa un ojo rápido y no se entera de nada. Se lo explico. Retoma su rollo de super empresario que no cuadra nada con mi propuesta. Encuentro rancio ese ambiente laboral que parece tan familiar. Minutos antes de entrar al despacho de jefe, pude ver una señora mayor en el departamento de al lado ¿su mujer? Quizá. Me enseña sus trabajos en el ordenador girando el Triniton hacia mí. Tiene a sus nietas de salvapantallas, no sabe abrir el video, le ayuda su subalterno, esto va de mal en peor. Me evado y las imágenes desparecen. Estoy ahora en la playa embadurnada de arena sobre el aceite que cubre mi piel. Hace calor y me sumerjo en el agua despacio, inclinando las rodillas para acariciar las olas, mojar la nuca, avanzar un poco más y lanzarme de cabeza en cuanto hay suficiente profundidad. Buceo unos metros y salgo al exterior. Nadas a mi lado, te cojo por los pies, te hago aguadillas y nos partimos de risa. Besos salados. Acaricio tu cuerpo bajo el agua marina…Entonces ¿qué queréis de mi?- pregunto volviendo a la realidad. El jefe y el subalterno abren los ojos y me miran sorprendidos con sus caras de cartón.

 

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