El puente
Ayer estuve sobre el puente de los suicidas, ahora pintado de rojo, el color de la sangre, como la de quienes deciden acabar su vida bajo ese amasijo extraño de hierros, sobre el manto de líquenes de la hoz, contaminada sólo por el hedor verdoso de la luz artificial encendida para el disfrute del turista dominguero. Saltan los flashes de las cámaras e iluminan las piedras, observan el paisaje a través de la cámara digital y caminan sobre los informes tablones que conducen al otro lado, como el río lleva la cascada final. Mirar hacia abajo marea porque andar sobre las aguas no es para seres mundanos y el abismo rezuma. Si bajas la vista en el trayecto, escuchas voces desde el foso y el rugir de la bestia hambrienta. Con la cabeza erguida cierro los ojos y dejo de oír los lamentos del cura que cayó y se salvó, de la extranjera que eligió romper su cráneo contra las rocas, del adiós de la madre de M, del cuerpo yacente del hermano pequeño de J… del corazón enorme de C. que dejó de latir allá abajo. Me alegro de que hayan fabricado guías turísticos que viven de contar anécdotas que nadie conocía. La historia se reinventa y las leyendas de toda la vida son silencio. Hasta la joven virgen se fugó con el diablo en lugar de huir y ha dejado libre el paso a una nueva era. Ocultos los restos de batallas carlistas, restauradas las iglesias que ardieron en la guerra de la independencia y afincadas las monjas y los curas que extendieron sus raíces bajo los guijarros de la ciudad después de la lucha entre hermanos, dejad que os invadan de nuevo. Ya no hay nobles aristócratas, ni monjes vaticanos, ni capas ocultando espadas, ni culturetas colgados en la arquitectura vertical. Naturaleza y colores. Eso queda.
Otoño 2007


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