Cinemanía, ninfomanía
En Madrid, dónde si no, el cartel de la peli "Diario de una ninfómana" ha sido censurado. A mi me encanta, y después de ver el trailer, estoy deseando que sea el estreno para sumergirme a oscuras en una butaca del cine.
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En Madrid, dónde si no, el cartel de la peli "Diario de una ninfómana" ha sido censurado. A mi me encanta, y después de ver el trailer, estoy deseando que sea el estreno para sumergirme a oscuras en una butaca del cine.
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Querer con ese querer que
Deshoja y desgaja los duelos
De aquel dolor que duele y
Respira: inspira, expira…
Sufre, porque de amor
Muere y remuere
La lluvia que llueve dentro
De la habitación que habita fuera
Y quiebra los rotos besos
Con fuego y a fuego lento
Enciende y ansía deseos
Soles que calientan satélites
Parpadean como luces pequeñas
Luciérnagas que a años luz
Lanzan miradas violetas
Para que veamos las estrellas
Fugaces ojos cerrados
Que sellan cierres y puertas
Voces que nombran tu nombre
Por rincones, por callejas,
Abrazando abrazos de piedra
Deber que a todo obliga
Placer que inquieta plácido
Los engaños del ánima animan
A seguir, caminar… estar activo
Como el lucero del alba que
En la noche sigue vivo
(Después de tanto formatear el pc, todavía encuentro grabados en distintos soportes imágenes y texos que en otro tiempo escribí y daba por perdidos; como éste)
Como esta vaca, me gustaría estar paseando descalza por alguna playa africana.
Gracias por la imagen, V.
Este otoño cálido es como un regalo envuleto en precioso papel de color, no me cuesta madrugar para no perderme las luces de la ciudad a cualquier hora del día.
El Paseo del Prado, hoy, poco antes de las 9 de la mañana.
El azar decidió que perdiera el autobús aquella mañana y que no coincidiera en el asiento a tu lado. No regogiste mi cartera del suelo porque no llegó a caer, ni me embriagó tu mirada amable junto a aquellos buenos días que nunca pronunciaste.
No compartimos trayecto, ni charla, ni coqueteo, ni café antes de separarnos, ni intercambio de números de teléfono. Como no te invité a mi casa, no cruzaste la puerta marcando nueve pasos, como no pisaste el décimo que habría supuesto el gran salto.
Acumulamos ratos solitarios porque se le antojó al azar. Y alejados el uno del otro, vivimos ignorantes de nuestra existencia. No llegamos a besarnos, ni desgastamos lecho, ni incómodos desayunos, ni juegos, ni sexo. Por todo eso no supe de tu rabia ni tú supiste de mis anhelos.
Todo fue cosa del azar, que no quiso presentarnos aquella mañana, y así nos privó de las ganas y nos libró de culpas insanas.
Adoro las terrazas. Como ésta, en la que estuve anoche tomando un vinito, y compartiendo charla y risas.

Así se veía Madrid desde un ático de la calle Zurbano
Hoy te he visto/ hoy te he visto y NO me has mirado/ hoy creo en Dios
Sobre morir o no, sobre vivir o no en Cuenca trata hoy la Carta con respuesta que escribe cada día Rafael Reig en Público, sección a la que soy adicta.
Escapar de Cuenca
Hace unos días estuve en Cuenca y, preguntando por un restaurante a la chica de la caseta de turismo, me dijo textualmente: “Si yo me estuviera muriendo nunca vendría a Cuenca”. Me resultó sorprendente que soltara esa frase sin venir a cuento…
Quizás lo dijo porque lleva toda la vida viviendo allí y está harta de ver su ciudad. O tal vez se estuviera muriendo ella, no lo sé, me resultó muy raro. No creo que lo dijera por mí, porque yo estoy muy sano y mi aspecto es inmejorable. Es increíble, te encuentras por la vida con gente desconcertante que te suelta afirmaciones muy raras, propias de la estupidez. Yo le contesté que la vida mata, y que nunca sabrá cuándo se producirá su muerte, en ello está el aliciente de vivir, en su desconocimiento, que lo importante es estar al lado de alguien que quieres compartiendo los momentos con toda la intensidad posible, en donde sea, en cualquier momento de la vida.
ARTURO KORTÁZAR BILBAO
Qué cosas le pasan. Me ha recordado aquellos sugerentes (y algo herméticos) versos de Juan García Hortelano: “No me importaría morirme / sin haber vuelto a Zaragoza”. Inquieta que la información turística de Cuenca incluya el ferviente deseo de no morir en Cuenca. ¿Qué hacía esa señorita en Cuenca, si tan pocas ganas tenía de que le sorprendiera allí la muerte?
Salto de la cama. Hay mucho que hacer antes de incorporarme mañana a la esclavitud. Hoy todavía soy libre. Me emociona el trato de la funcionaria de la oficina de empleo porque se alegra por mí y me desea mucha, mucha suerte, en mi nuevo trabajo. Caminando por el barrio hago números para calcular cómo sobrevivir hasta que cobre mi primer sueldo pero me invade un enorme deseo consumista y sueño: Me compraré ese vestido de punto que me gustó, medias nuevas, zapatos altos…Vuelvo a la realidad en el mercado, cuya puerta está custodiada por un joven extranjero vendiendo el periódico La Calle. -No tengo dinero, le digo. -¿Hablas inglés? Me pregunta en ese idioma. -A little; respondo. Y se pone a hablar como si no lo hubiera hecho en años. De su extenso discurso alcanzo a entender sólo algunos detalles, como que lleva poco tiempo en Madrid, que viene de Nigeria, que lo pasa mal porque no tiene ni idea de español, no conoce chicas, está solo, no consigue euros… A mí, en cierto modo, me pasa algo parecido -pienso- también estoy sola y sin blanca. Pero no sé decirlo en inglés y me despido deseándole mucha, mucha suerte. Me quedo con las ganas de invitarle a comer pero no lo hago porque tiene más necesidad de charlar que hambre, y conversación es algo que no le puedo ofrecer.
Quiso encender una hoguera con pañuelos empapados
De lágrimas. Le habría gustado calentar sus manos
Con el fuego nacido del llanto, pero el intento fue vano
Y sucumbió al frío desierto de los desdichados.
Quiso ser entonces un ángel vengador,
Un caballero armado que sin escrúpulos roba vidas
Para evitar que el mundo le causara más dolor
Para escapar del país de los suicidas.
Pagó al brujo para que le volviera despiadado
Y cruel, fabricando a su medida un negro conjuro
Que le sirviera para endurecer su corazón puro
y sentirse protegido ante cualquier desalmado.
Y el brebaje maldito congeló sollozos, escondió el miedo
Y le convirtió para siempre en el hombre de hielo.