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Razón de amor


Razón de amor

No es sólo la pasión de los abrazos,

la saliva, el aroma, el vértigo, los besos

o el plácido desvelo de la ausencia.

Mi amor es la fábula y la trama,

el relato interior que sigue a cada reencuentro,

la glosa que acompaña los adioses,

el minucioso examen de las frases

y el eco que tu voz le pone a mi silencio.

Mi amor es ser feliz y no engañarme

anticipando el daño del negro desengaño,

cuando el sexo se esfume en el recuerdo

remoto y resentido de un orgasmo.

El consentir la calma en las mareas

y atesorar las horas y los días

de la fiesta de luz que celebramos,

del banquete voraz de los sentidos.

Y abolir la frontera de los cuerpos,

detenernos, subiendo la escalera,

a besarnos en los peldaños.

 

Leopoldo Alas

Ganadora

Se llama Yelena Isinbayeva. Viajó de  Rusia a Pekín para participar en las últimas Olimpiadas y se llevó el oro en la competición de salto con pértiga. Me han dicho que me parezco a ella; no sé, pero me ha recordado una frase que leí hace tiempo en un muro: Ganar debe ser la hostia.

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La foto es de una noticia de El País, cuando ganó el campeonato del mundo en Helsinki.

Haciendo amigos

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El verano propicia conocer gente nueva. Este es el último colega que B. y yo (la foto es suya) nos echamos una tarde cuando íbamos a darnos un bañote en el río.

Invisible

Aproveché que el hombre invisible estaba de siesta en el sofá para cogerle prestada su capa. Cubierta con la prenda etérea y difusa, me planté delante del espejo para comprobar que el cristal reflejaba el desorden de mi casa como si yo no estuviera allí. Confiada por poder espiar sin ser vista, salí a la calle con la sonrisa maliciosa puesta. Estaba decidida a buscarte, seguirte y hacerte alguna putada. Sería sólo un castigo burlón de los muchos que te mereces, de los tantos que debería infringirte si decido satisfacer las ansias de venganza que a ratos me asaltan. Camino de tu barrio crucé el parque y no pude contener las ganas de empezar a hacer jugarretas. Robé entonces un chupa chups y unos peta zetas en el kiosco, porque son las dos chuches que más me gustan del mundo, y susurré guapo en el oído del dependiente, que se paralizó asustado girando la cabeza a ambos lados pero con cara contenta. Me acerqué después a un niño que tenía un globo, se lo quité y me puse a jugar con él emulando la historia del fantástico cortometraje Le ballon rouge. Me enterneció su exprsión desolada cuando dejé escapar el globo camino del cielo, pero en seguida se dio cuenta de que tenía un chupa chups en la mano y olvidó la pérdida. Los niños están bien para un rato, así que salí del parque retomando mi objetivo: Putearte. Un semáforo rojo me detuvo, porque aunque llevaba la capa del hombre invisible no era inmune a los atropellos de los coches. El disco tardaba en cambiar y se me ocurrió entretenerme con dos gitanas rumanas que también esperaban para cruzar. Eran las típicas ladronzuelas, niñas mugrientas que roban con todo el descaro y sin miedo a las consecuencias. Me puse detrás de ellas y grité: ¡Policía! Y salieron corriendo despavoridas. Con el semáforo verde seguí mi camino flipada con el poder que daba la invisibilidad, qué cosa tan rara, no sabía como el hombre invisible podía lamentarse tanto de su condición. En fin, supongo que nada es perfecto, pero yo estaba disfrutando haciendo maldades como una niña chica. Con mi siguiente víctima me despaché a gusto, aunque me supo a poco. Se trata de un vecino maltratador que vi esperando el autobús. Verle y lanzarme sobre él fueron, por la rapidez, casi una misma cosa. Primero le agarré el brazo desde la espalda para que no se pudiera mover. El tío estaba horrorizado porque no sabía lo que pasaba y no veía nada ni nadie que le aclarase qué ocurría por mucho que girase la cabeza hacia atrás, justo donde yo estaba diciéndole con tono amenazador: Como vuelvas a pegar a una mujer, atente a las consecuencias. Después, le solté violentamente y le miré de frente; estaba pálido, sudaba y seguía intentando encontrar una respuesta tras sus hombros. Pero le pegué tal patada en los huevos que se los agarró y se sentó en la marquesina del bus con un gemido casi mudo, mirando a su alrededor preocupado por si alguien estaba viendo su patética situación. Antes de marcharme, le chisté para que mirase hacia mi y abrí la capa invisible, en plan exhibicionista, porque debajo estaba completamente desnuda. Le dejé con los ojos como platos y la cara desencajada y me metí en un bar. La experiencia me había dado sed y me había dejado una sensación un tanto amarga. Tomé por el morro una cerveza y un pincho de tortilla que me ayudaron a recobrar el ánimo (La solución a todos los males siempre me la ha dado mi madre: come, hija, come...). Era un bareto de barrio pero con ambiente acogedor, y en una mesa que había junto a la ventana, un chico monísimo estaba leyendo el periódico. No me lo pensé dos veces y me senté a su lado. De cerca era aún más guapo y además, estaba en forma. Estuve un rato mirándole embobada y empecé, inconscientemente, a comerme los peta zetas. Cuando vi que el ruido del caramelo explotando en mi boca le asustaba pensé que la había cagado, que tontería, porque no me veía. Así que cerré la boca y tragué lo más rápido que pude. Me fui dejándole en el bolsillo una servilleta de papel con mi teléfono en la que escribí también: Si fuera tú, me llamaría. Era hora de regresar a casa, quizá el hombre invisible se había despertado y se sentiría indefenso sin su capa. Aceleré el paso para volver y recordé que mi idea primera al ponérmela había sido putearte. Qué pereza,qué pérdida de tiempo -pensé- con la de cosas interesantes que se pueden hacer.

Asociación de ideas

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La portada de Ana Elena Pena me ha recordado otra dirvertida primera plana de los cachondos de El RInoceronte.

Me parto

Me he partido los pechos, perdón, el pecho, leyendo el libro de Rafael Reig Visto para sentencia (Barcelona: Caballo de Troya (Mondadori), 2008). Es valiente, ingenioso y sincero, es decir, reune las características que me gustaría que presidieran mi personalidad. Lo malo es que, como dice mi colega J, algunos no tenemos de eso. Me he reído a carcajada abierta con sus críticas a escritores consagrados y me ha liberado de culpas por haber juzgado mal a autores de renombre, porque yo pensaba que mi ignorancia era el motivo de que no pillase la profundidad de su obra. En fin, una recomendación de lectura de lujo para quienes gustan de leer y de decir lo que piensan al respecto. Gracias Rafael.

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La duda

La otra noche me sorprendí intentando recordar un rostro y no fui capaz. Ni forzando la memoria como a veces agudizo los ojos para tener la visión más nítida durante el instante preciso en que se puede leer un rótulo. Probé por partes y pensé en los dientes, en los labios y en su perfil, pero el esfuerzo fue inútil. No hubo manera de volver a ver ni la mirada afilada, ni la sonrisa, ni el ceño; tan sólo intuí alguno de sus gestos pero eran demasiado impersonales y vagos para reconstruir su cara. Busqué alguna foto en Mis imágenes pero allí tampoco estaba. Entonces dudé: ¿De verdad existió?

Lecciones de humildad

Hace poco me sacó los colores un amigo generoso que nos regala cada día en su blog fantásticos textos, propios y prestados. Hizo un estudio grafológico de mi escritura y encontró, sobre todo, lo peor de mi (incluida la intolerancia a la lactosa, con lo que me gusta el queso!). Esta foto es para él. Gracias.

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Deshielo

Tomé un baño de sol y me convertí en niebla sinuosa vagando entre los altos edificios acosados por el ocaso/ Me sumergí en la noche, me transformé en baile y bailé con la luna por foco hasta mudar en beso bajo el lucero de la mañana/Amé hasta que la muerte me hizo música y las notas muertas abrazaron aves que migraban de un continente a otro/ La geografía me tornó mundo y lloré alimentando fuentes, nadando en doloridos ríos hasta fundirme en helados océanos y adormecer el corazón en inmaculados glaciares.

Perseo y Andrómeda

Ilustración de un episodio de las Metamorfosis de Ovidio. Andrómeda, encadenada a una roca es liberada de un monstruo que devasta la región, enviado por Neptuno para vengar a Juno, ultrajado por la belleza del princesa. Perseo mata al dragón y presenta la cabeza de Medusa petrificada a sus enemigos. Libra a Andromeda, se casan y son felices durante toda la eternidad.

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Obra de Pierre Puget expuesta en el Museo del Louvre, realizada entre 1678 y 1684 en el reinado de Luis XIV, probablemente con la colaboración del escultor Christophe Veyrier. Ay P me acompañaron por todo París.