Fetén
No es lícito afirmar que nuestra fe es insuficiente.
Sólo el mero hecho de vivir implica una fe inagotable.
(Fragmento de la pintada de la puerta del baño de las chicas en el N de T)
No es lícito afirmar que nuestra fe es insuficiente.
Sólo el mero hecho de vivir implica una fe inagotable.
(Fragmento de la pintada de la puerta del baño de las chicas en el N de T)
Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida
y fresca de sol: a esta hora no hay nadie.
Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer
mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el
agua todavía está oscuro
y hace un frío que pela, pero basta emerger al sol
y se vuelven a mirar las cosas con ojos lavados.
Es un placer tenderse desnuda sobre la hierba ya caliente
y buscar con los ojos entornados las grandes colinas
que sobrepasan los chopos y me ven desnuda
y nadie de allí se percata. Aquel viejo en ropa interior
y sombrero, que iba de pesca, me ha visto zambullirme,
pero ha creído que era un muchacho y no ha dicho ni pío.
Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo
-aquellos hombres que me sonríen por la calle no saben
que ahora estoy tendida aquí, desnuda-, regreso vestida
a recoger sonrisas. Aquellos hombres no saben
que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo
y seré otra mujer. Nadie me ve aquí abajo:
y más allá de las plantas hay dragadores más fuertes
que aquellos que sonríen: nadie me ve.
Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos,
será como si estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá
que podría encontrarme aquí sola. Seré como ellos.
Tan sólo que, los muy necios, querrán abrazarme estrechamente,
susurrarme pícaras proposiciones. ¿Pero qué me importan sus caricias? Sé hacerme caricias yo sola.
Esta noche deberíamos poder estar desnudos y vernos
sin pícaras sonrisas. Yo sonrío sola
al tenderme aquí entre la hierba y nadie lo sabe.
Cesar Pavese
Desde que hace unos días vi una foto de Cesar Pavese, junto a Hemingway, en la estantería de Antonio Pérez, tenía ganas de releerle.
Querer con ese querer que
Deshoja y desgaja los duelos
De aquel dolor que duele y
Respira: inspira, expira…
Sufre, porque de amor
Muere y remuere
La lluvia que llueve dentro
De la habitación que habita fuera
Y quiebra los rotos besos
Con fuego y a fuego lento
Enciende y ansía deseos
Soles que calientan satélites
Parpadean como luces pequeñas
Luciérnagas que a años luz
Lanzan miradas violetas
Para que veamos las estrellas
Fugaces ojos cerrados
Que sellan cierres y puertas
Voces que nombran tu nombre
Por rincones, por callejas,
Abrazando abrazos de piedra
Deber que a todo obliga
Placer que inquieta plácido
Los engaños del ánima animan
A seguir, caminar… estar activo
Como el lucero del alba que
En la noche sigue vivo
(Después de tanto formatear el pc, todavía encuentro grabados en distintos soportes imágenes y texos que en otro tiempo escribí y daba por perdidos; como éste)
Quiso encender una hoguera con pañuelos empapados
De lágrimas. Le habría gustado calentar sus manos
Con el fuego nacido del llanto, pero el intento fue vano
Y sucumbió al frío desierto de los desdichados.
Quiso ser entonces un ángel vengador,
Un caballero armado que sin escrúpulos roba vidas
Para evitar que el mundo le causara más dolor
Para escapar del país de los suicidas.
Pagó al brujo para que le volviera despiadado
Y cruel, fabricando a su medida un negro conjuro
Que le sirviera para endurecer su corazón puro
y sentirse protegido ante cualquier desalmado.
Y el brebaje maldito congeló sollozos, escondió el miedo
Y le convirtió para siempre en el hombre de hielo.