Mi piel está más suave que nunca. La acaban de lavar varios pares de manos que pertenecían a mujeres mayores, jóvenes, altas, bajitas, huesudas, gruesas… hermosas y desconocidas todas desplegando amor sobre mi cuerpo, primero con un guante de crin humedecido en agua caliente y después fría. Ahora me secan con cuidado porque empiezo a tiritar y, mientras me muero de gusto, noto unos dedos impregnados en aceite deslizarse por el coxis, las lumbares, las clavículas y el cuello. Estoy en el cielo. En el proceso hay espacio para escuchar historias de madres, abuelas, maridos, novios, novias, embarazos…vivencias de mujeres que entiendo a la perfección y conversación en la que me invitan a participar.
-¿Has sido infiel alguna vez?
Antes de que responda, una chica de barrio, extrovertida y con necesidad de protagonismo, se hace dueña de la pregunta y confiesa lo mal que lo pasó al poner los cuernos a su pareja.
-Límpiame a mí, que estoy tatuada de pecados que borrar- pide casi con ansia.
Deseo concedido entre risas femeninas, no histéricas, y las cómplices del delito nos sumamos a expiar sus culpas hasta que la luz se hace más tenue y el relax nos invade succionando lo más profundo de cada una, en mi caso, la tristeza. Cierro los ojos, inclino la cabeza hacia atrás respirando hondo y alguien guarda mis lágrimas en el interior de una caracola marina. Escucho una voz que muy cerquita me susurra al oído: -No dejes nunca de ser honesta o no serás tú.
Me levanto, giro y bailo y río en el macrouniverso femenino construido por la compañía “Teatro en el Aire” en la obra “La piel del agua”. Ya es el día de los enamorad@s y he concertado una entrevista con Lidia Rodríguez, directora y propietaria de la idea original. Le preguntaré si quiere casarse conmigo.