Bailando bajo la lluvia
Bailé al son de la lluvia sobre las baldosas de la calle y bajo el refugio de un amable paraguas.

Bailé al son de la lluvia sobre las baldosas de la calle y bajo el refugio de un amable paraguas.

De la gala de los Goya me quedo con el consejo a la Academia, aunque nunca me lean, de que se reunan más y hablen más entre ellos, y así no tendrán que utilizar estos eventos para "reconciliaciones" y para decirse a ellos mismos sus reivindicaciones y propuestas. Pero también me quedo con joyitas como el premio al mejor corto de animación: La dama y la muerte
Encontrarla en la escalera del metro a primera hora de la mañana ha sido una estupenda forma de empezar el día y salir a la vida.

La ira le hizo dar vueltas toda la noche. Amaneció con rabia y dolor de dientes. En el trabajo, se contuvo las ganas de abofetear la inutilidad de su jefe. En la calle, se aguantó el deseo de gritar entre la gente. Sus ojos se tiñen color sangre al avanzar la jornada y sus pasos se pierden de vuelta a casa, donde las paredes se contraen y la impotencia se expande. Cierra los ojos y la negra visión le sosiega, el silencio le amansa y se deja caer, rendido, en el suelo de la terraza. Ahora es un pequeño ovillo que, como el remolino en primavera, revolotea con un suave virar de rumbo. Baja a la playa. El sabor salado de la brisa le recompone. A lo lejos percibe el parpadeo del faro. El mar es el cielo. El cielo su techo.

Ni soy heroína ni tengo alma de mártir, pero si me acompañas, hoy mismo hacemos la revolución.
Supongo que tengo una cara fácil porque a menudo me dicen que me parezco a alguien. A veces se trata de gente famosa, cantantes, actrices, deportistas, etc, que a mi modo de ver ni siquiera se dan un aire entre ellas, pero en fin, no seré yo quién diga que mis retinas son las que ven con más nitidez, pues más bien me siento sorda, tuerta y muda demasiadas veces. Hay gente a quien recuerdo a Carmen París. Me encanta porque estoy convencida de que en otra vida fui cantante, en otra actriz, en una anterior veterinaria... y en una futura, cuando conozcamos otros mundos, espero ser astronauta (de momento, ya me siento extraterrestre). Pero sobre todo, me da mucha, pero que mucha envidia, cantar (así) y estar tan cerquita de Santiago Auserón, uno de mis grandes (y pocos) ídolos. - Santiago, te quiero.
La poesía es un arma cargada de futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
Gabriel Celaya