Vaca de vacaciones
Como esta vaca, me gustaría estar paseando descalza por alguna playa africana.
Gracias por la imagen, V.
Como esta vaca, me gustaría estar paseando descalza por alguna playa africana.
Gracias por la imagen, V.
Este otoño cálido es como un regalo envuleto en precioso papel de color, no me cuesta madrugar para no perderme las luces de la ciudad a cualquier hora del día.
El Paseo del Prado, hoy, poco antes de las 9 de la mañana.
Adoro las terrazas. Como ésta, en la que estuve anoche tomando un vinito, y compartiendo charla y risas.

Así se veía Madrid desde un ático de la calle Zurbano
Hoy te he visto/ hoy te he visto y NO me has mirado/ hoy creo en Dios
Aún no sé de que parte de mí brotaron unas irresistibles ganas de verte. Te busqué. En tu oficina me dicen que estás fuera en una reunión, en el centro. Cojo el metro para llegar veloz al lugar en el que estás, pero (es mentira, no vuela) y llego demasiado tarde. Acudo a comer a un restaurante cercano que sé que te encanta. El pollo al curry supera a duras penas la boca del estómago porque un inquietante nudo trata de impedirle el paso. Estoy muy nerviosa, segura de que aparecerás en cualquier momento. Mientras tomo café con hielo pienso dónde narices puedes estar. ¡Ajá! Ya lo tengo... y me dirijo a toda prisa al café que frecuentas con tu portátil para conectarte vía wifi. Una estupenda infusión de milflores me ayuda a ver la situación con más claridad y, decidida, obligo a mis pies a acercarme con seguridad hacia tu casa. Pulso el 2º A del interfono pero el silencio es la única respuesta que recibo. Estoy desolada, con los ojos vidriosos (por tristeza, no por impotencia, pues cosas así sólo le pasan a los que están como cabras y hace tiempo que asumí mi condición de loca de remate), e intento llamarte pero tu número de teléfono no está en mi lista de contactos, lo borré hace tiempo, igual que hice con tu dirección de correo electrónico. El intento de buscar tu contacto me anima a jugar con el iPhone (ya se sabe, una cosa lleva a la otra...) y leo un e-mail recibido desde mi blog: He descubierto tu mundo de casualidad y me encanta que existas. Mi cabeza da un giro y emprendo el regreso casa. Camino erguida, los hombros echados hacia atrás, elevada la barbilla. Por fin no estás en mi vida. ¡Qué felicidad!
El verano propicia conocer gente nueva. Este es el último colega que B. y yo (la foto es suya) nos echamos una tarde cuando íbamos a darnos un bañote en el río.
Me he partido los pechos, perdón, el pecho, leyendo el libro de Rafael Reig Visto para sentencia (Barcelona: Caballo de Troya (Mondadori), 2008). Es valiente, ingenioso y sincero, es decir, reune las características que me gustaría que presidieran mi personalidad. Lo malo es que, como dice mi colega J, algunos no tenemos de eso. Me he reído a carcajada abierta con sus críticas a escritores consagrados y me ha liberado de culpas por haber juzgado mal a autores de renombre, porque yo pensaba que mi ignorancia era el motivo de que no pillase la profundidad de su obra. En fin, una recomendación de lectura de lujo para quienes gustan de leer y de decir lo que piensan al respecto. Gracias Rafael.

Hace poco me sacó los colores un amigo generoso que nos regala cada día en su blog fantásticos textos, propios y prestados. Hizo un estudio grafológico de mi escritura y encontró, sobre todo, lo peor de mi (incluida la intolerancia a la lactosa, con lo que me gusta el queso!). Esta foto es para él. Gracias.
Ilustración de un episodio de las Metamorfosis de Ovidio. Andrómeda, encadenada a una roca es liberada de un monstruo que devasta la región, enviado por Neptuno para vengar a Juno, ultrajado por la belleza del princesa. Perseo mata al dragón y presenta la cabeza de Medusa petrificada a sus enemigos. Libra a Andromeda, se casan y son felices durante toda la eternidad.

Obra de Pierre Puget expuesta en el Museo del Louvre, realizada entre 1678 y 1684 en el reinado de Luis XIV, probablemente con la colaboración del escultor Christophe Veyrier. Ay P me acompañaron por todo París.
Estos días he caminado por aeropuertos, estaciones de tren y de autobús repletas de gente de aquí y de allá que a veces corren y, sobre todo, esperan. Tiempos muertos que, cuando se viaja solo, obligan con gusto a leer y a pensar. Por una vez, he metido en la maleta sólo lo imprescindible y pesa poco. El trayecto del viaje me llena de esperanza; la estancia en el destino final es generosa con creces y vuelvo a casa con los ojos como platos de ver tanta belleza.