En obras
Renuncio a ser tu princesa
Y Mi palacio se derrumba
No soporto el ruido de
Las obras de rehabilitación
Y te lo dejo todo
A ti. Que lo disfrutes
Renuncio a ser tu princesa
Y Mi palacio se derrumba
No soporto el ruido de
Las obras de rehabilitación
Y te lo dejo todo
A ti. Que lo disfrutes
Paseando por Madrid me he encontrado con esta imagen, el pulso me tiembla mientras apunto con la cámara y disparo desde el puente de Rubén Darío, sobre La Castellana. ¿Quién nos protegerá de quienes nos protegen?
Acabo de verte por última vez. Adiós definitivo. No ha sido posible hablar y no hemos encontrado otro remedio. Pensaba que me sentiría aliviada, liberada, pero caminando sola he notado mi boca como un estropajo. Ojalá sonara ahora el teléfono y desde el otro lado de la línea intentaras volver atrás. Pero este pensamiento es sólo una fantasía que inventa un trocito pequeñísimo de mi. Hace tiempo que no leo las señales como regalos del destino sino como puras coincidencias. No hay amor, y sin sexo, no te volveré a ver aunque tal panorama escueza esta noche. Me voy sola a casa, sin comprender por última vez tu perspectiva y asumiendo mi parte de culpa en tan altos índices de polución. Me dices que soy un caballero y te agradezco el cumplido porque sé que lo dices de corazón, como tantas otras cosas bonitas que piensas de mí. Y yo de ti. Esperas que tenga un futuro plagado de parabienes mientras te alejas sin siquiera mirarme, sin pararte un instante ni darme la oportunidad de desearte lo mejor. Mis sábanas están manchadas de tu olor pero no tengo prisa en poner la lavadora. Ya nada importa.
Escondida detrás del tiempo.... tic, tac... late el corazón
Ayer estuve sobre el puente de los suicidas, ahora pintado de rojo, el color de la sangre, como la de quienes deciden acabar su vida bajo ese amasijo extraño de hierros, sobre el manto de líquenes de la hoz, contaminada sólo por el hedor verdoso de la luz artificial encendida para el disfrute del turista dominguero. Saltan los flashes de las cámaras e iluminan las piedras, observan el paisaje a través de la cámara digital y caminan sobre los informes tablones que conducen al otro lado, como el río lleva la cascada final. Mirar hacia abajo marea porque andar sobre las aguas no es para seres mundanos y el abismo rezuma. Si bajas la vista en el trayecto, escuchas voces desde el foso y el rugir de la bestia hambrienta. Con la cabeza erguida cierro los ojos y dejo de oír los lamentos del cura que cayó y se salvó, de la extranjera que eligió romper su cráneo contra las rocas, del adiós de la madre de M, del cuerpo yacente del hermano pequeño de J… del corazón enorme de C. que dejó de latir allá abajo. Me alegro de que hayan fabricado guías turísticos que viven de contar anécdotas que nadie conocía. La historia se reinventa y las leyendas de toda la vida son silencio. Hasta la joven virgen se fugó con el diablo en lugar de huir y ha dejado libre el paso a una nueva era. Ocultos los restos de batallas carlistas, restauradas las iglesias que ardieron en la guerra de la independencia y afincadas las monjas y los curas que extendieron sus raíces bajo los guijarros de la ciudad después de la lucha entre hermanos, dejad que os invadan de nuevo. Ya no hay nobles aristócratas, ni monjes vaticanos, ni capas ocultando espadas, ni culturetas colgados en la arquitectura vertical. Naturaleza y colores. Eso queda.
Otoño 2007